ADMINISTRACIÓN •
TL^I FlI 0O-I>Fl A M ÁTICA
CALDERÓN
JUGUETE COMICO-LIRICO E^ ÜN ACTO Y EN PROSA
ORIGINA!. Di.
CARLOS ARNiCHES y CELSO LICIO
MÚSICA DRL
MAESTRO NlJeXO
SEGUNDA EDICIÓN
CEDACEROS, NÚM. 4, SEaüNDO
1994
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CALDERÓN
Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie podrá,
!«in su permiso, reimprimirla ni representarla en Es-
paña y sus posesiones de Ultramar, ni en los países
con los cuales haya celebrados ó se celebren en ade-
lante tratados internacionales de propiedad literaria.
Los autores se reservan el derecho de traducción.
Los comisionados de la Administración Lirico-dra-
máticadeDON EDUARDO HIDALGO, sonlosencar-
g-ados exclusivamente de conceder ó neg-ar el permiso
de representación y del cobro de los derechos de pro-
piedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
CALDERÓN
JUGUETE COMÍi^O-LIRÍGO EX ÜX ACTO Y U PROSA
ORIGINAL DE
CARLOS ARNICHES v CELSO LUCIO
MÚSICA DEI
MAESTRO NIETO
Kjtrenado con extraordinario éxito en el TEATRO ESLAVA la noche del !0
(le Noviembre de 1 890
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
R. VELASCO, IMPRESOR, RUBIO, 20
f »94
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SIMPÁTICOS EMPRESARIOS DE ESLAVA
al pzdmczc vez ^u Sonbab u aScclOy u al íe^WH-
bc poz ou {ahnio u ^ cízoi44i/^tancia0y „ ¿eo bcbt-
can cota oSza ^uo invaziaSlc^ amiaoó
Xob CJ\D
utotcó
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
SÓLITA Seta. Arana.
DOÑA DOLORES Sra. Muñoz.
DOÑA TERESA Srta. Gómez.
ROSA Pascual.
ANICETO CALDERÓN Se . Careek as.
SR. MANSO ". Vega.
ARTURITO :Mesejo ^D. E.
SR. CORDERO Infante.
ACTO ÚNICO
Sala decenteiuente amueblada. Puerta al foro y laterales. A la iz-
quierda (del actor), una mesa con dulces y botellas.
ESCENA PRIMERA
SÓLITA y ROSA arreglando la mesa
Rosa ¿Qué le parece á usted la mesa, señorita?
Sol. Muy bien.
Rosa ¡Está usted agitada!,..
Sol. y tengo motivo.
Rosa ¿Pues no van á presentar esta noche en la
reunión al señorito Arturo?
Sol. Sí; pero figúrate que como esas relaciones
no las sabe nadie más que él, tú y yo, papá
me ha indicado que piensa casarme con un
señor bolsista, amigo suyo, algo viejo, pero
muy rico; ya ves, creo que tiene un capital
en Cubas.
Rosa ¡Qué atrocidad!
Sol. Yo prefiero á Arturo; pero como papá es tan
interesado... Si él tuviera algo de lo que le
sobra al otro...
Rosa Pues bien podía darle un par de cubas, que
otros con una se ganan la vida.
Sol. y es posible que lo presenten esta noche
también; pero como yo le hable, no le que-
dan ganas de volver.
Rosa No hay que apurarse, señorita; todo se arre-
glará. (Va«e.)
607262
— 8 —
ESCENA II
SÓLITA
Alúsica
El me llama su tesoro,
su delicia, su ilusión;
yo le digo que le adoro
y es mi vida su pasión.
Son sus palabras dulce armonía,
que el alma mía
llena de afán.
Sólo á mi Arturito
mi amor prefiere;
como él me quiere
no me querrán.
Por eso mismo
no han de lograr
que á mi Arturito
llegue á olvidar.
Me, llama «vida,»
me llama hurí,
y eso, señores,
me gusta á mí.
El me inunda de alegría
al decirme con pasión:
¡Gloria! ¡Cielo! ¡Chacha mía!
¡Quién te quiere más que yo!
El se pone muy meloso
cuando jura serme fiel,
me seducen sus palabras
dülcecitas cual la miel.
Junto á la esquina
de la plazuela
de centinela
le tengo ya,
burlando siempre,
oon fe y constancia,
la vigilancia
de mi papá.
Por mis amores,
sin vacilar.
— 9 —
mil sinsabores
supo arrostrar.
Y á tantas pruebas
sensible fui;
¡qué hemos de hacerle,
si so}^ asi!
ESCENA III
DICHA y el SEÑOR MANSO. Sólita queda en segundo término. El
señor Manso sale muy preocupado y sin reparar en bu hija, por el
primer término derecha
Hablado
Man. ¡Por fin, esta noche es la tragedial El hon-
rado suelo de esta casa será teatro de un
sangriento suceso: de mi venganza... jOhl
jSí, mi mujer me engaña!... Lo he sabido
hoy mismo. ¡Pérfida! ¡Mi!... (Transición del furor
á la calma.)
Sol. ¡Papá!
Man. ¡Hija mía! (Disimulemos.)
Sol. Parece usted preocupado.
Man jCá, hija! Nunca he estado tan tranquilo ni
más satisfecho, al verte tan elegante. Ese es
el traje para el baile, ¿eh?
Sol. Este. ¿Le gusta á usted?
Man. Mucho. , . ^ -,.
Sol. Este color me sienta bien. Conque, diga us-
ted, papaito, ¿es de veras que está usted
tranquilo y satisfecho?
Man. ¿Lo dudas, hija? (¿Si sabrá algo? Pero no.
imposible; ¿qué ha de saber?)
Sol. No, papá, no lo dudo. Pues... entonces...
(ahora se lo digo), entonces, voy á decirle a
usted una cosa.
Man. Di, hija, di. . x i
Sol. Pues que esta noche van a presentar en la
reunión á un joven muy simpático.
Man. Lo sé, y no será mío solo el que presenten.
Bol. Bueno; pero el que yo creo que nos interesa
es uno que le llaman Arturito...
— 10 —
Man. No, no... puede que haya otro que nos inte-
rese más...
Sol. (¡ Dios mío, y yo que creía que iba á con-
vencerle!) Pero, papá, dice usted que otro...
Man. Sí, si... Calderón... ese, ese... (Paseando con agi-
tación.)
Sol. ¡Calderón!
Man. Digo... no, nada; hija, vete; tú no debes sa-
berlo hasta luego.
Sol. (¡Calderón!... ¡Si será el novio que me han
buscado! ¡Qué horror!) Pero si á ese no le
conozco, papá.
Man. Ni falta que te hace.
Sol. ¡Pero eso es una atrocidad!
Man. Que lo sea; haré lo que deba. Tú olvida,,
obedece, calla y vete...
Sol. Bueno, me iré; pero...
Man. Déjame solo.
Sol. (¡Imponerme un marido! ¡Pobre Arturito!
¡Esto es una tiranía!) (vase.)
ESCENA IV
SEÑOR MANSO y DOÑA DOLORES. Sale segunda Izquierda
Dol. Pero, hombre, ¿qué haces ahí? Ya han em-
pezado á llegar los invitados. (Le diré algo.)
Oye, quería decirte una cosa; la niña, aun-
que le gustan mucho estas reuniones que
damos, como hay muy pocos que toquen el
piano, tiene que tocar la mayor parte de la
noche. Esto es aburrido, y se podría evitar
si viniera un pianista pagado...
Man. Pero es un gasto inútil. Más adelante vere-
mos. (Contesta distraído.)
Dol. (No se convence.) Pero, hombre, ¿qué te
pasa? Estarás pensando, como siempre, en
tus negocios.
Man. En otra cosa más grave estoy pensando.
DoL. ¿Y qué es ello?
Man. Oye, (veamos); á un amigo, á quien quiero
mucho, le sucede una cosa horrible.
DoL. ¿Qué le pasa?
— 11 —
Man. Sospecha que su mujer le engaña.
DoL. ¡Qué atrocidad!
Man. (No se inmuta.) Y como eso merece un cas-
tigo terrible, temo una desgracia.
DoL. Efectivamente es grave; pero, ¿qué vas á
hacerV... Es natural que lo sientas, pero na
le preocupes tanto. ¿Y estás seguro?
Man. Todos los indicios son evidentes, pero le
falta una prueba plena... ¡En cuanto la
tenga!...
DoL. ¡Quién sabe, hombre, quizá esté equivo-
cado!
Rosa Los señores de Cordero acaban de llegar.
(Desde la puerta del foro.)
DoL. Los de Cordero, voy á recibirlos.
Man. (Cómo disimula.) Oye, Rosa, di al señor Cor-
dero que entre inmediatamente.
Rosa Está bien, (vase.)
DoL. Hasta luego, (vase.)
ESCENA IV
manso y CORDERO
Man. ¡Mi amigo Cordero me aconsejará! El me
quiere y ha de juzgar más fríamente este
asunto.
Cor. (Saliendo.) ¡Mi querido Manso!
Man. Amigo mío, ven, tengo necesidad de ha-
blarte.
Cor. y yo también necesito tus consejos, (se abra^
zan.)
Man, y yo los tuyos.
Cor. Hablemos.
Man. Hablemos. Oye, Cordero, yo... soy un des-
graciado.
Cor. ¿Sí?... Pues, oye, Manso... ¡yo soy otro!...
Man. ¿Otro qué?
Cor. Otro desgraciado.
Man. Bueno, pero tu desgracia será menos grave.
Cor. ¿Menos?
Man. Menos^ sí; mi mujer, aunque te pasmes, me
engaña...
— 42 —
Cor. {Horror! Pues mi mujer, asómbrate, me en-
gaña también.
Man. j Cordero!
Cor. ¡Manso!
Man. ¿Qué dices?
Cor. Lo que tú.
Man. ¿De modo que á los dos nos engañan?...
Cor. i a los dos! ¡Qué coincidencia!
Man. ¡Espantosa! (Quedan pensativos )
Cor. ¡ Parece mentira! ¡Tu mujer que parecía un
ángel!
Man. Pues, y la tuya, ¿qué parecía?...
Cor. Ya te decía yo que no volvieras á casarte á
tu edad.
Man. Yo tengo disculpa, porque tengo una hija,
pero tú...
Cor. Yo porque no la tenia y quería saber qué
era eso.
Man. Pues, ya lo ves.
Cor. Yo he sido feliz hasta ayer, que supe mi
desgracia.
Man. y yo hasta que la he descubierto hoy.
Cor. Te compadezco.
Man. Muchas gracias, igualmente. (Dándole la mano.)
Cor. En fin, tranquilidad, y como hombres de
honor, hablemos fríamente, (se sientan.)
Man. Bueno, di, ¿cómo lo has descubierto?
Cor. Pues, ayer, oculta en el devocionario de mi
mujer, he hallado una tarjeta que decía:
«Gracias por todo, señora; ya sabía yo que
usted no podía olvidarme. Seré mudo como
me encarga. A las diez en el baile. No fal-
taré.— Aniceto Calderón.»
Man. (Que ha ido levantándose poco á poco asombrado.)
¡Horror! (Cae desplomado en la butaca.)
Cor. ¿Qué te asombra?
Man. ¿Qué me asombra? Oye... he encontrado á
mi mujer una tarjeta que decía: «Gracias
por todo, señora; ya sabía yo que usted no
podía olvidarme. Seré mudo como me en-
carga. A las diez en el baile. No faltaré. —
Aniceto Calderón.»
Cor., . (Que ha ido levantándose poco á. poco asombrado.)^
¡Horror! (cae desplomado.) jLa misma tarjetal
— i3 —
Man. ¡La misma! De modo que una debe ser cóm-
plice y la otra culpable. (Se levantan.)
Cor. ¡Es claro! La culpable será la mía.
Man. o la mía.
Cor. Es verdad, ó la tuya.
Man. Tienes razón, ó la tuya.
Cor. De todos modos es preciso averiguar...
Man. Indagar...
Cor. y matar. Yo te juro por todos los Corderos^
mis ascendientes, que si es la mía, me bati-
ré con él; y antes que me mate, he de pro-
barle que los Corderos se venden caros.
Man. Ya lo sé. Y si es la mía, sólo te digo que sa-
bré demostrar lo que es un Manso, (se dan la
mano.)
Cor. ¡Bravo!
Man. ¡Bravísimo!
Cor. Lo demostrarás, te conozco.
Man. Disimulemos. Yo vigilaré á cuantos entren.
Ahora, al salón.
Cor. Pasa, Manso, yo voy detrás, (vanse.)
ESCENA V
doña dolores y DOÑA TERESA Salen lateral iz quiérela
Ter. ¿Conque recibiste mi tarjeta con la del pia-
nista?
DoL. Si, esta tarde.
Ter. Ya ves que el muchacho está agradecido; y
te aseguro que toca admirablemente.
DoL. Esta noche veremos.
Ter. Además es muy solícito. El mismo vino
ayer á dejar la tarjeta en la portería de casa,
y yo me apresuré á enviártela para que
tuvieras la seguridad de que estabas com-
placida. Oye, ¿y no se lo has dicho por fin á
tu marido?
DoL. No, no sabe nada. Antes quise indicárselo y
se opuso; ya sabes que es muy poco esplén-
dido, y le pareció un gasto inútil; de modo
que le haré pasar por un nuevo amigo...
Ter. Sí, un amigo que no baila...
— i4 —
DoL. ¡Que toca, únicamente!
Ter. Pues 5^0 también se lo oculté á mi marido;
porque como los hombres todo se lo cuen-
tan...
J^oi.. Has heclio bien; oye, ¿y sabrá fingir?
Ter. No lo dudes, es mu}^ listo.
DoL. Lo que me parece es que tarda mucho.
Ter. Sí, efectivamente, ya debía estar aquí.
DoL. Pero volvamos al salón, no sea que noten
nuestra ausencia.
Ter. Vamos, (vanse.)
ESCENA VI
CALDERÓN, con una cojera muy pronuuciada, entra con el traje
descompuesto y manchado de barro
Música
Yo soy don Aniceto Calderón;
un verdadero genio musical
que ha alcanzado su gran reputación
en el Café Imparcial.
Es la música mi encanto
y me vuelve el arte loco,
que por eso toco tanto,
toco tanto... tanto toco...
Y la chica que me escucha
con muchísima intención,
dice que yo tengo mucha
pero mucha ejecución.
Recorro el teclado
en un dos por tres;
toco de memoria
todo lo que sé;
y á Verdi, Rossini,
Beethoven, Mozart,
á cada momento
les suelo tocar.
A una bella baronesa
le toqué La Marsellesa,
pero conocí en su cara
que no le hizo muy feliz.
— 15 —
Porque, lo que ella quería,
era que yo le tocara
el schotis de La gran vía,
y al fin le toqué el schotis.
No hay una pieza musical
que yo no toque, bien ó mal.
Y á domicilio doy lección
á cuatro reales de vellón;
do, re, mi, fa, sol,
do, re, mi, fa, sol.
En la calle del Carbón,
Aniceto Calderón,
inquilino del figón,
siempre á su disposición.
Hablado
Por fin he logrado mi objeto; gracias á doña
Teresa que me ha recomendado, vengo á
esta casa á tocar durante la reunión ; y po-
quito que deseaba yo tocar aquí; como que
viene Pérez, ¡el gran Pérez! y me oirá y que-
dará asombrado; y cuando le pida la plaza
de organista de las monjitas de Chamberí,
como él tiene influencia, me la darán, por-
que me recomendará á la abadesa; y como
3^0 me agarre á ese órgano, ya he hecho mi
suerte; porque cumpliendo bien es una pla-
za muy segura. ¡Ay!... cómo me duele todo.
Es claro, si ha sido un golpe atroz. ¡Y cómo
me he puesto do barro y agua! ¡Cómo me pre-
sento así la primera vez que me ven! Digo,
y teniendo que pasar por un amigo de la
casa, para que el marido de doña Dolores no
se entere, porque creo que es así (cerrando ei
puño.) y tiene un .genio atroz. ¡Ay!... ¡Pero
como estoy! Siempre que tengo interés por
agradar en alguna parte, me ha de suceder
alguna desgracia que me lo hecha todo á
perder; hoy que me había puesto el chaquet
bueno, un chaquet que no le uso más que
para ir á las reuniones y los días de gran
recepción, me caigo, y al verme así, hecho
un cualquier cosa, no sé lo que van á pensar
~ 46 —
de mi. Pero estoy como si dijéramos en vilo,
porque la verdad es que tengo mala pata.
(Cojeando.) ¡Do, miy la, Solf
ESCENA Vn
CALDERÓN y DOÑA DOLORES, lateral izquierda
DOL. ¡Calderón! (Llamándole.)
Cal. Señora mía, servidor de usted.
DoL, Me ha dicho la muchacha que había usted
llegado. Le esperaba con impaciencia.
Cal. Lo creo, señora, pero...
DoL. Vendrá usted de algún asunto.
Cal. No, señora, vengo de un charco...
DoL. Pues nada, señor Calderón, es usted muy
bien recibido.
Cal. Gracias, señora.
DoL. Lo que le encargo á usted es que disimule
lo mejor que pueda, con el fin de que nadie
se entere de lo que es usted, sobre todo mi
esposo.
Cal. No hay cuidado.
DoL. Conque ahora mismo pasará usted al salón.
Cal. ¡Ay! señora... ¡Señora!...
DoL. ¿Qué hay?
Cal. Señora, un inconveniente. Sin duda usted
no ha reparado en mi traje. Estoy hecho
una sopa, lleno de barro ..
DoL. Calle, pues es verdad. . ¿Y de qué está us-
ted así?
Cal. ¡Que me ha ocurrido una horrible desgracia,
señora! Salgo de dar una lección, y creyen-
do que se me hacía tarde, acelero el paso, y
como ignoraba la hora, echo mano al bolsi-
llo, miro el reloj de la Puerta del Sol, y...
veo las diez. Iré en tranvía, me dije; corro,
le alcanzo, iba lleno y me tengo que quedar
en el estribo. Al pasar el tranvía con veloci-
dad extraordinaria por una curva, me dan
el billete, saco el perro, levanto el brazo
para alcanzar la mano del cobrador que salía
por entre las cabezas de los pasajeros, me
— 17 —
esfuerzo, y... ¡zas! pierdo el equilibrio, el
estribo y el perro, y di de bruces en un
charco... (Todo este párrafo muy accionado.)
DoL. ¡Jesús! ¡Qué desgracia!
Cal. ¡Conque, esfuércese usted por pagar, señora,
esfuércese usted!...
DoL. ¡Pobrecillo! Bueno, pues espere usted un
momento; diré á la muchacha que venga y
le seque á usted el chaquet con una plan-
cha. Ella le traerá una americana de mi es-
poso, para que la lleve usted mientras.
Cal. Gracias, señora, muchas gracias.
DoL. Así le puede á usted coger un dolor...
Cal. y diga usted ¿del otro modo no puede co-
germe su esposo de usted, que será peor que
un dolor?
Dol. No tema usted. De todos modos, procure
ocultarse; es cuestión de un momento. ¡Has-
ta ahora!
Cal. Aquí espero.
ESCENA VIII
CALDERÓN y ROSA
Cal. ¡Pues señor! estoy fresco; demasiado fresco;
es claro, la lluvia. Y al salir de casa no se me
ha ocurrido ponerme un impermeable... Y
gracias á eso, porque si se me ocurre... ¡bue-
na plancha, porque como no lo tengo!...
Rosa ¡Señor Calderón!...
Cal. ¡Hola! ¡Servidor!...
HosA Le traigo á usted esta americana de parte
de mi señora.
Cal. Bueno; pues mira, ayúdame.
Rosa Venga. (Le ayuda á quitarse el chaquet.)
Cal. Mira, no tires tan fuerte, porque si se me
rompe, ¿sabes? lo sentiría.
Rosa Pues parece una tela muy sufrida.
Cal. ¡Sufrida!... No sabes tú bien lo que ha sufri-
do. ¿Lo ves, que parece nuevecito? Bueno,
pues ya le he dado una vueltecita.
Rosa ¿Cómo?
2
— 18 —
Cal. Pues, lo usé seis años por un lado, lo volvie-
ron, y ahora hace otros seis años que le uso
por el otro lado; así es que el año que viene...
Rosa Sí, le puede usted poner de canto.
Cal. Sí, de canto y piano; ¡qué bromista!
Rosa ;Fero qué atrocidad! Mire usted cómo ha
puesto el suelo de barro. (Mirando ai suelo.)
Cal. y gracias que no le mojo más que con un
pié.
Rosa ¿Por qué?
Cal. Pues porque el otro siempre lo tengo puesto
á secar. (Marca la cojera.)
Rosa Hasta luego.
Cal. Adiós, y cuidado con la plancha, ¿eh? No
me le quemes.
Rosa Descuide usted. (Vase por la primera izquierda )
ESCENA IX
calderón y MANSO por el foro
Cal. Pues no me está mal la americana del amo,
si no fuera por las manchitas estas. Pues,
señor, esto se arregla. En cuanto la chica
me traiga el chaquet planchadito, me voy al
salón , me siento al piano, allí estará Pérez,
y cuando vea mi manera de ejecutar... (se
acerca á la mesa.) ¡Uv! merenguitos; esto será
para los convidados ; no, pues lo que es este
es para mí. (coge uno.)
Man. (saliendo.) (Este debe ser, he visto á Rosa salir
de aquí y hablar en secreto con Dolores.)
¡Caballero! (Dándole un puñetazo en el hombro.)
Cal. Usted gusta; digo, usted dispense...
Man. ¿Usted es Calderón?...
Cal. Servidor de usted. (Se guarda el merengue en el
bolsillo de la americana y saca la mano llena de me-
rengue, para disimular lo cual, se restriega los dedos
en el pantalón y en la cabeza, hasta que al fin muy
azorado se los chupa.) »
Man. ¡Parece mentira!
C.AL. Pero lo soy, caballero.
Man. ¿y usted sabe quién soy yo?
— 49 —
Cal. No tengo el honor de...
Man. Yo soy el dueño de la casa.
Cal. Muy señor mío, me tiene usted á sus órde-
nes, todo cuanto tengo es de usted, (hasta la
americana).
Man. No disimule usted; lo sé todo.
Cal. ¿Todo?
Man. Todo. ¿No tiembla usted?
Cal. ¡Sí, señor... de frío!
Man. ¿De modo que no teme usted mi enojo?
¿Usted cree que á mí se me engaña impu-
nemente?
(•al. (Anda, ya lo sabe). Mire usted, la verdad,
no es culpa mía.
Man. ¿Cómo?
Cal. Su señora tenía interés en ocultárselo.
Man. ¡Miserable!... Siga usted; quiero saberlo todo
antes de vengarme.
Cal. (¡Caracolillos, vengarse!) Pues mire usted,
mi parecer era que usted se enterara, porque
al fin lo había usted de saber, y á nadie le
gusta que le engañen.
Man. De modo que ella...
Cal. No quería decirlo.
Man. ¿y usted?
Cal. Prefiero que lo sepa.
Man. Caballero, ol)servo que tiene usted la man-
ga ancha.
Cal. Ño es mucho. (Mirando la manga de la americana.)
Man. ¿y confiesa usted que ha escrito una tar-
jeta diciendo que estaría aquí á las diez?
Cal. Sí, señor.
Man. ¿y usted sabe lo que se merece el que viene
á una casa hornada á perturbar la tranqui-
lidad, á llevarse lo que no le pertenece?
Cal. (¡Atiza! Ya ha conocido la americana). Caba-
llero, yo le diré á usted...
Man. ¡Basta! Le probaré á usted que soy un hom-
bre de honor, y que no consiento que sobre
mí caiga una mancha.
Cal. (¡Qué embustero!) (Mirando las de la americana.)
Man. y que las manchas se lavan.
Cal. (Con bencina). Sí, señor.
Man. Por lo tanto, no puedo consentir que nadie
— 20 —
me engañe; va usted á entrar en ese ciiartí.v
y un amigo de mi confianza vendrá inme-
diatamente á entenderse con usted.
Cal. Pero...
Man. Ni una palabra más.
Cal. ¡Pero, señor de Manso!
Man. Al encierro.
Cal. Vaya usted delante.
Man. ¡Vamos! (calderón entra en la segunda derecha.)
ESCENA X
manso. Luego SÓLITA por el foro
Man. Este hombre es un cínico, y necesito matar-
le. Ya no cabe duda; era mi mujer la de la
tarjeta. Cordero se encargará de arreglarlo.
Sol. Papá, te estaba buscando.
Man. ¿Para qué?
Sol. Para decirte que ya han presentado á ese
joven.
Man. Sí, ya lo sé; han presentado á todos.
Sol. ¿a todos?
Man. a todos.
Sol. ¿De modo que ha venido el quB tú me di-
jiste?
Man. Sí; déjame en paz. Ve á bailar. Ya habla-
remos después... jAh! Calderón, mañana...
(Vase primera izquierda.)
Sol, y se va... ¡Siempre Calderón! Pues no lo
querré, sea quien sea.
ESCENA XI
SOLItA y CALDERÓN; aquélla se sienta, dando la espalda á ]«
puerta por donde sale Calderón
Cal. Parece que se ha marchado. ¡Vaya un genia-
zo que me gasta!... ¡Ah, ésta será la niña.
(Reparando en Sólita.) ¡Señorita! (Llamándola.)
Sol. ¡Caballero!
Cal. Usted no me conocerá, porque es la primera
— 21 —
vez que tengo el gusto de venir á esta casa.
vSoL. ¡Ahí ¿Ha sido usted presentado esta noche?
■Cal. Sí.
Sol. ¿Acaso será usted el señor Calderón?
Cal. El mismo. ¿iMe esperaría usted con impa-
ciencia, verdad?
Sol. Sí, señor; pero era para rogarle á usted una
cosa.
Cal. Lo que usted quiera; rigodones, liabaneras...
Sol. No es eso.
Cal. ]Ah! vamos, polkitas, ¿eh? (accíóu de bailar.)
Sol. No, señor; es que yo sé á lo que viene usted
á esta casa.
Cal. y no se lo oculto; ya lo sabe su mamá y su
papá.
Sol. Sí, pero es que yo me opongo.
Cal. ¿y por qué motivo?
-Sol. Pues sépalo usted; porque tiene usted un
rival.
<Jal. ¿ün rival?
Sol. Sí, señor; un rival á quien yo prefiero.
-Cal. (Otro pianista.) Pero, señorita, ¿usted cree?...
Sol. Que debe abandonar esta casa inmediata-
mente ó desistir de su propósito.
Cal. Pero eso es una crueldad; y sin haberme
oído... (Acción do tocar el piano.)
Sol. No tengo necesidad de oiríe á usted para
saber que Arturo es mejor.
Cal. ¿Mejor? Señorita, eso es ofenderme; permí-
tame usted que toque algo, y después podrá
usted comparar...
Sol. ¿Comparar? Sepa usted que yo amo á Ar-
turo y que jamás consentiré que usted le
quite el puesto que ocupa por mi agrado.
Cal. ¡Ahí ¿Usted le quiere, hay amores por me-
dio? Eso es otra cosa; es claro, así se explica
la preferencia.
Sol. Bueno, pues ya lo sabe usted.
Oal. Pero su mamá me acepta y su papá me ha
impedido salir; por lo tanto, dispénseme
usted que no la obedezca.
Sol. ¿Conque usted no desiste?
Cal. Perdone usted, pero no puedo. Esperaré á
su papá en esa habitación.
22 —
Sol. Puede usted hacer lo que quiera; pero, como
si no.
Cal. (¡a que no toco!) (vase segunda derecha, marcan^
do mucho la cojera y haciendo gestos de indignaciíSn,
ESCENA XII
SÓLITA y ARTÜRITO
Música
Art. Por fin te encuentro,
paloma mía,
y al lado tuyo
ya soy feliz.
Sol. jPor Dios, Arturo,
mucho cuidado!
Que no nos vean
juntos aquí.
Art. ¿Qué me importa que nos vean?
No es un delito.
jAy, Sólita de mi vida!
Sol. jÁy, mi Arturito!
Art. Ya verás, si nos casamos,
que bien nos vamos
á distraer.
Yo sabré tus antojitos
y caprichitos
satisfacer.
Sol. Cuando estemos ya casados,
y amartelados
cual yo me sé,
ya verá mi maridito
con qué m imito
le trataré.
Art. ¡Ay, qué placer!
Sol. ¡Ay, qué placer!
Art. ¡Qué bien nos vamos á distraerl
Sol. ¡Ay, qué placer!
Art. ¡Ay, qué placer!
Sol. ¡Con qué mimito le trataré!
Art. ¡Ay, qué placer!
Sol. ¡Ay, qué placer!
— 23 —
Sólita Arturo
¡Ay, mi Artiirito, ¡Ay, mi Sólita,
con qué inocencia con qué inocencia
nuestra existencia nuestra existencia
se pasará! se pasará!
LOS DOS
Siempre juntitos,
sin separarnos;
sólo en amarnos
la dicha está.
Art. Si el cielo, vida mía,
me otorga un día
lo de cajón,
verás en el bautizo...
Sol Me ruborizo,
calla simplón.
Art. y luego, mayorcito,
con qué mimito
nos llamará ¡papá!
Sol. ¡Por caridad!
Art. ¡Mamá!
Sol. ¡Cállate ya;
no digas esas cosas, por caridá!
Art. ¡Papá! ¡Mamá!
Sólita Arturo
Cállate ya. Nos llamará.
¡Ay, mi Arturito, ¡Ay, mi Sólita,
con qué inocencia con qué inocencia
nuestra existencia nuestra existencia
se pasará! se pasará!
LOS DOS
Siempre juntitos,
sin' separarnos;
sólo en amarnos
la dicha está.
Hablado
Sol. ¡Ay, Arturito, estoy muy triste!
Art. ¿Por qué? Pues tu mamá me ha puesto
buena cara.
— 24 -
SüL. Porque no sabe nada de nuestras relaciones;
pero ahora mismo acabo de hablar con el
otro.
Art. ¿^on qué otro?
Sol. Con el que quieren casarme.
Art. ¿y qué dice?
Sol. Que no desiste.
Art. ¿Que no?... ¿Dónde está?... ¿Dónde está?...
(Con rabia.)
Sol. En ese cuarto, (señalando á la segunda puerta de-
racha.)
Art. ¿Sí?... Pues vente á este otro lado. (Alejándose
del sitio indicado.) ¿Y quién eS?
Sol. Un cojo; ¡figúrate!
Art. ¿Un cojo? ¡Ay! ¡Si le cojo!...
Sol. No te pierdas.
Art. No tengas cuidado, que no le cojo.
Sol. Dicen que es muy rico.
Art. ¿Muy rico, riquita? Pues yo no tengo un
perro chico, pero tengo talento y buena
figurita.
Sol. Yo creo que lo mejor es que tú le hables.
Art. ¿Tiene mal genio?
Sol. No, parece muy pacífico.
Art. Entonces le pego. (Muy furioso.)
Sol. No te comprometas.
Art. Descuida, vidita, procuraré salvar la pelle-
jita; y eso que soy valiente. Una vez me
desafié con uno y escogí la pistola; y, ¿á que
no sabes á dónde fuimos?
Sol. ¿Al campo del honor?
Art. Al Campo del Moro, de merienda. Me tuvo
miedo; ya ves, no se atrevió... ni á pagar...
pagué yo.
Sol, Bueno; entonces...
Art. No temas; yo le obHgaré á que se vaya y si
no se quiere ir...
Sol. ¿Qué?
Art. Se queda, ya lo verás.
Sol. Bueno, pues me voy para que puedas hablar
con él. Hasta luego, ¿eh? (Medio mutis.)
Art. ¡Adiós, cielín! Oye, Sólita.
Sol. (volviendo.) ¿Qué?
Art, ¿Es de verdad que no tiene mal genio?
Sol. No, hombre, no; pero yo creo que })ara asus-
. tarle debes poner la voz más bronca.
Art. No quiero broncas, no quiero broncas...
Sol. Adiós, vidita. (vase foro.)
Art. Adiós, cielin... (subiendo hasta el foro y mirando
por donde se fué Sólita.)
ESCENA Xm
ARTÜRITO y CALDERÓN, segunda derecha
€al. (saliendo.) La llama vidita y la acompaña
hasta la puerta. ¡No hay duda, es el otro
pianista! Le hablaré.
Art. (Bajando al proscenio sin fijarse en Calderón.) ¡Ca-
garse con otro!... Si yo tuviera coraje... le
buscaba y le daba un puñetazo... (Acción de
darlo, al propio tiempo que llega Calderón por detrás,
alcanzándole el puñetazo.) ¡Canastitos!... ¿CÓmO
está usted?...
€al. Peor, mucho peor que usted. He oído lo bas-
tante para convencerme de que es usted mi
rival preferido.
Art. |Ah! ¿De modo que es usted el otro?
€al. Sí, señor; el otro. Y yo francamente, quería
hablar con usted, porque no veo razón para
que seamos enemigos.
Art. Ni yo, tampoco.
Cal. Pues, hablemos.
Art. Hablemos. (Se sientan.)
Cal. Usted primero... porque á mí me cuesta más
trabajo. (Alude á la cojera.)
Art. No, usted.
Cal. Pues, mire usted; á mí me proteje la señora
de la casa, y yo ignoraba que la niña amaba
á usted; y por lo tauto, es natural que le
prefiera á mí.
Art. Es claro que me prefiere.
Cal. Pero, si usted fuera como debe ser, podría-
mos encontrar un arreglo; porque usted no
sabe mis proyectos; ¡tengo yo una martin-
galita! '
Art. ¿Cuál?
- 26 —
Cal. Que podíamos quedarnos los dos.
Art. Ño, señor, de ningún modo; me quedo yo
sólito, yo. (incomodado.)
Cal. No, hombre, los dos,
Art. Yo sólo. Eso no debe ser más que para uno.
Cal. ¡Hombre!... ¡No sea usted egoista! Mire us-
ted; usted podía tocar hasta las diez y me-
dia, y yo de la media para arriba.
Art. ¡Caballero!... ¿Qué está usted diciendo?
¡Calle usted. (Se levanta.)
Cal. Bueno, hombre, tocaré de la media para
abajo; si me es igual.
Art. No, señor, no me conformo con nada. Usted
ó yo sobramos; de modo que sobra usted (le
asusto); y le advierto á usted que tengo mal
genio, y que soy una fiera. (Grita y patea.)
Cal. Sí, para el pan. (Pues yo no dejo la casa.
Aquí de mi genio.) ¿Valiente? Para eso yo.
Art. ¡Cuando á mí se me hinchan las narices!...
Cal. Estará usted muy feo.
Art. Elija usted armas.
Cal. ¿Armas? ¡Armas al hombro! La que usted
quiera, porque aunque me vea usted cojo>
yo no me encojo, (paseando agitado.)
Art. Pues florete, espada, pistola... todas las tiro.
Cal. ¿Sí?... Pues yo todas las recojo.
Art. ¿Decidido?
Cal. ¡Decidido!
Art. ¿a muerte?
Cal. a eso. (Parece que lo dice de veras; ¿se le
habrán hinchado ya las narices?) (Transición;
le mira las narices.)
Art. (¡Caramba!) ¿Lo idirá en serio?)
Cal. C)iga usted; (cada vez que se quieren acercar el
uno al otro se asustan.) reflexione que SÍ le doy
áusted una estocada, puedo interesarle algo.
Art. Yo también puedo interesarle á usted.
Cal. Yo soy más desinteresado.
Art. ¿Sí, eh? Pues le romperé á usted una cla-
vícula. Ahur. (Vase foro.)
Cal. ¡Una clavícula! (corre hacia donde se fué Arturo,
* con ademan de pegarle. Baja al proscenio.) ¡ClaVl-
culitas á mí!...
— 27 —
ESCENA XIV
CALDERÓN y SEÑOR CORDERO
Cal: Pues, señor, en esta casa se han propuesk>
aburrirme; pero lo que es yo no me voy, pase
lo que pase, ¡cal yo no suelto el órgano, aun-
que tenga que soltar una clavícula.
Cor. (Por el foro.) (Era Dolores la culpable, ¡pobre
Manso! Me ha dicho que aquí le encontraré,
y que le desafíe á muerte.)
Cal. Servidor de usted. (Reparando en el señor Corde-
ro, que habrá bajado al proscenio.) ¿Será OtrO
pianista?
Cor. Usted es acaso...
Cal. Aniceto Calderón, servidor de Dios y de
usted.
Cor. jBasta! ¿Usted acaba de tener una cuestión
personal, hace un momento, y en este mis-
mo sitio?
Cal. )Sí, señor!
Cor. Pues bien; se trata de un amigo mío, y me
envía para que usted me indique con quién
debo entenderme.
Caí*. (Pues pronto ha encontrado padrino el tipo
ese.) ¿De modo que usted es amigo suyo?
Cor. {Intimo! ¡Debía usted saberlo!
Cal. |Si no tengo el honor de conocer á usted!
Cor. Pues soy Cordero, mi apellido es conocidí-
simo. Ha habido muchos Corderos ilustres,
señor mío.
Cal. ¿Corderos ilustres? El Cordero Pascual, no
conozco otro.
Cor. Bueno, dejemos eso. Señor Calderón, ¿tiene
usted padrino?
Cal. Sí, señor, (y madrina.)
Cor. Para el duelo, mi ahijado elige la pistola;
una cargada y otra descargada.
Cal. Pues yo elijo la cargada.
Cor. Es imposible; él es el ofendido.
Cal. Bueno; pero yo soy el cargado.
Cor. El encuentro será en el Retiro.
— 28 —
(Jal. (Me parece que no me encuentran.)
Cok. ¿Está usted conforme?
Cal. Sí, señor... Pero yo creo que la cuestión no
ha sido...
<'0R. No trate usted de disculparse. Usted no de-
bía haber venido nunca á esta casa, y así,
nos hubiéramos evitado este disgusto.
Cal. Pero si la señora me ha rogado que viniera,
¿yo qué culpa tengo?
Cor. ¡Basta! No debo oir eso.
Cal. Además, otra señora...
Cor. (Mi mujer, que ha sido cómplice ) Diga
usted.
Cal. Que otra señora me recomendó á doña Do-
lores.
Cor. ¿Pero á usted le recomiendan para esto?
CaLc Claro, porque si no, no sabe uno donde toca.
Cor. ¡Basta! No descendamos á los detalles. Caba-
llero, envíe usted sus padrinos al viaducto...
Cal. No querrán...
Cor. Calle de la Morería, 37, á mi casa, donde
nos entenderemos.
Cal. (Morena, 37, ¡donde vive doña Teresa! Este
debe ser el marido.)
Cor. ¡Correrá sangre, caballero! (vase furioso por ei
foro.)
ESCENA XV
CALDERÓN y DOÑA DOLORES
Cal. Por mi que corra... todos hemos de correr.. .
¡Dios mío, en cuanto me vea en la calle me
desencojo y no... va áser carrera!,., (se dirige
á la segunda puerta derecha, Doña Dolores le llama
y se detiene.)
DoL. ¡Calderón! ¿Por dónde se mete usted? ¿Aún
no le han traído el chaqué?
Cal. Señora, me alegro verla, estoy asustado.
DoL. ¿Pero por qué?
Cal. Me quieren matar.
DoL. ¡Qué atrocidad! ¿Pero quién?
Cal. El de las narices. '
— «9 —
DoL. ¿El de las narices?...
Cal. Sí, señora Uno qne dice que se le hinchan
las narices. El marido de doña Teresa ha ve-
nido á desafiarme; dice que desista de mi
propósito; en fin, que mañana por la maña-
na me rompen la clavícula.
DoL. (El marido de Teresa...) Oiga usted... Me
parece que estoy en el secreto. A usted le
han tomado por otro.
Cal. No es fácil confundirme, (cojea.)
DoL. Mi esposo me ha dicho que un íntimo ami-
go suyo buscaba á uno que hacía el amor á
su señora. Y esa señora debe ser doña Te-
resa...
Cal. ¿y qué hago yo?
DoL. Nada, hombre; yo hablaré ahora mismo al
señor Cordero y le diré quién es usted y á
lo que viene á esta casa.
Cal. ¡Ay! Sí, señora; y á su esposo dígaselo tam-
bién, y á la criada que me traiga el chaqué.
Ya tengo ganas de tocar para que ustedes
bailen y se acaben estos enredos.
DoL. Descuide usted. ¡Pobre Calderón!. . (vase.)
Cal. ¡Vaya unos líos!... ¡Cuando digo yo que ten-
go .mala pata! (cojea.)
ESCENA XVI
DICHO y ARTURITO
Música
Cal.
Ya está aquí mi rivab
Art.
Me late el corazón;
no es miedo, voto á tal;
es sólo precaución.
Cal.
De fijo este animal
se trae mala intención.
Art.
Si no fuera tan prudente
y tuviera más valor;
si ese tipo me miraba,
no temblaba, no, señor.
Cal.
Si no fuera porque temo
hacer una atrocidad...
— 30 —
me marchaba de esta casa,
pero á gran velocidad.
Akt. Si me larga im sablazo
me parte en dos.
^'al. Si me atiza un balazo,
¡ay!... no por Dios.
Art. ¡Qué mirada iracunda!
Me siento mal.
<-'al. Merecía una tunda
por animal.
Art. Más vale convencerle.
Cal. Mejor es adularle.
Art. Prefiero disuadirle;
le voy á hablar.
Cal. No debo yo ofenderle.
Art. Consiento hasta en dejarle.
Cal. Conviene más decirle
que él va á tocar.
Art. Más vale convencerle.
Caí-. Mejor es adularle;
conviene más decirle
CALDERÓN ARTURO
que él va á tocar; le voy á hablar,
mi furor debo contener; mi furor debo contener;
mi valor quiero dominar. mi valor quiero dominar.
Cal. La prudencia aconseja acceder.
Art. y los nervios se deben calmar.
I^os DOS La prudencia, etc.
Art. ¡No te ciegues, Arturin!
Cal. jNo te pierdas, Calderón!
Los DOS Porque al fin, no es llegada la ocasión
de probar que se tiene corazón.
¡Corazón!
Hablado
Cal. (¿Si vendrá á matarme de veras?)
Art, (Que se coloca en el extremo opuesto, derecha del
actor.) (Le hablaré de lejos.) (Se miran.)
Cal. (Qué coloradas las trae.)
Art. jCaballero!..
Cal. (Ahuecaré la voz.) ¿Qué hay?
~ 31 —
(¡Caracoles!) Pues... nada de particular... y...
(Entrecortado y con miedo.)
¿Y... qué?
¿Y... la familia?
Buena, (con voz hueca.)
(¡Ay, no me atrevol) Pues, yo... la verdad...
Caballero, lie pensado en nuestra cuestión
y creo que es una tontería el querer estro-
pearnos el físico.
(Se ha vuelto atrás.) De modo, que la clavi-
cula...
Seguirá tan clavícula.
Entonces, ese señor que ha venido á des-
afiarme, ese Cordero...
Ese Cordero no es mío. Yo vengo á propo-
nerle á usted la paz, porque es lo que yo
digo, si le doy un tiro á ese señor y le hago
estirar la pata...
Me hacía usted un favor. (Levantando la pierna.)
No; si digo, que hubiera sentido matarle.
Y yo... Como que si 3^0 le mato á usted, me
pongo gasa.
¿Por qué?
Por haber matado á un compañero de ai'te.
¿De qué arte?
Hombre, ¿no es usted pianista?
¿Pianista?... ¡Qué he de ser!... Yo no he ve-
nido aquí más que por una mujer... ¡Por
ella y sólo por ella! Y como usted la quiere,
de ahí viene la cuestión.
¡Qué la he de querer, hombre, qué la he de
querer!
¿Cómo que no?
Como que no.
¿Entonces no somos rivales?
¡Claro! Ni usted es pianista, ni yo quiero á
la muchacha.
¡Qué error!...
¡Qué horror, digo yo! Porque ahora caigo en
una cosa... ¿Usted viene aquí nada más que
por una mujer?
Nada más.
Ahora comprendo por qué han venido á
desafiarme. Me han confundido con usted.
— 32 —
Art. ¿Conmigo?
Cal. Sí, huya usted... vayase usted, joven.
Art. ¿Pero por qué?
Cal. ¡Porque le andan buscando para matarle!...
Apt. ¡CáscarasI
Cal. Me lo ha dicho la señora de la casa.
Art. Pero... matarme á mí... jAy, Dios mío!...
¡Perol (Corre de un lado á otro.)
Cal. Se oye ruido.
Art. ¿y qué hago yo?
Cal. Sea usted valiente, y ahora verá usted cómo
lo arreglo yo todo, todo.
ESCENA XVII
DICHOS y el SEÑOR MANSO
Man. (Ya está arreglado el lance. ¡Mañana mataré
á ese infamel) (Dice esto sin reparar en los otros
dos personajes.)
Cal. (Voy á hablarle.) Ya sabrá usted, señor
Manso... (con mucha amabilidad y sonriendo.)
Man. (sin dejarle acabar de hablar se abalanza sobre él>
cogiéndole fuertemente por el cuello de la americana.)
¡Cómo! ¿Todavía está usted en esta casa?
Cal. Sí, señor; pero no tire usted tanto, que se va
usted á romper la americana. (Manso le zaran-
dea, obligándolo á cojear repetidamente.)
Man. ¿y á mí qué me importa?
Cal. ¡Vaya si le importa!
Man. Lo que yo quiero romperle á usted es el
alma.
Cal. (No sabe nada.) Mire usted, señor Manso,
tranquilícese, y yo le demostraré que está
usted engañado. Yo no soy yo.
Man. ¿Cómo?
Cal. Que yo soy éste,- (señalando á Arturo) cs dccir,
que usted me toma por otro, y el otro es éste;
3^ yo soy yo, y no soy el otro; porque el otro
es éste.
Man. Expliqúese usted más claro.
Cal. Pues más claro; ustedes me tienen esa anti-
■~ 33 -
patía, porque creen que yo he venido á esta
casa por una mujer...
Man. ¡No lo repita usted!
Cal. su señor; porque 3^0 no vengo aquí á eso.
El que viene ])or una mujer, de quien está
locamente enamorado, es este caballero.
Man. ¿Usted?
Art. (Me ha descubierto; pues pecho al agua.) Sí,
señor; yo la amo, y si usted se opone á nuesr
tro amor, me suicidaré, y ella se meterá
monja.
Max. ¡Infajne! ¿De modo que usted es Calderón?...
(Se arroja sobro él; pero .\rlurito huye, dando vuelta»
á la escena.)
Art, No, señor.
Cal. Calderón so}^ yo.
Man. ¿Entonces son dos mujeres?
Cal. No, señor; una.
Man. ¿o dos Calderones?
Cal. Uno nada más. Este es el de la mujer.
Man. ¿La mujer de quién? Venga usted ' acá; us-
ted confiesa que viene aquí...
Art. Porque la quiero.
Man. ¿Pero á quién?
Art. Pues á ésta, (viendo á SoHta, que sale por el forn
con doña Dolores.)
ESCENA ULTIMA
DICHOS, SÓLITA, DOÑA DOLORES y después ROSA
Man. ¿a ésta?
Sol. Sí, papá...
Man. ¿Pero qué lío es este?
DoL. Pues yo te lo exphcaré. Has confundido á
este caballero. Yo te oculté que iba á venir
un pianista...
Man. ¿y el pianista?...
Cal. Ese soy yo. (Gracias á Dios que me han co-
nocido.)
Man. y este señor, ¿quién es?
Art. Pues yo soy Arturito Cascarrabias y Fuen-
- 34 —
terrabía del Melonar... novio de Sólita y
empleado cesante como oficial quinto de la
clase de sextos de la sección de Calamida-
des públicas del ministerio de la Goberna-
ción.
Cal. (Y con cuerda para veinticuatro horas )
Art. y tengo el honor de pedir á usted la mano
de Sohta.
Man. De modo que usted ha venido aquí...
Art. Por la mano.
DoL. Es claro, y este señor...
Cal. Por las dos manos. (Acción de teclear.)
Man. De modo que la tarjeta del señor Calderón...
DoL. Me la mandó Teresa, indicándome que es-
taba complacida en mi deseo de traer un
pianista.
Man. Ya decía 3^0 que no podía caer una mancha
semejante sobre ningún Manso.
Cal. (Bienaventurados los Mansos.)
Rosa Señorito, el saqué.
Cal. ¿Mi chaquet? Venga.
Man. ¿Cómo su chaquet?
Cal. Sí, señor. Como vine hecho una sopa, me
dio doña Dolores una americana, mientras
me lo secaban, y la criada me lo ha secado
divinamente, y... (Se desmaya, viendo la señal de
una plancha en la espalda del chaquet.) ¡ üy, qué
plancha! jUy, qué plancha!
Todos ¿Cuál? ¿Cuál?
Cal. Esta que me ha quemado el chaquet... (corre
tras la criada á pegarle.) El Único... ¡DioS mío!
jEste chaquet, que lo saqué para venir
aquí!...
Man. No se apure usted, quédese con la ame-
ricana.
Cal. ¡La volveré, caballero, la volveré!
Man. No, señor, no me hace falta.
Cal. Digo que la volveré... al revés.
Sol. De modo que con Arturito...
Man. Transijo. Y usted... vendrá á tocar todo
el año.
Cal. j Ay! Gracias, caballero, porque me hace mu-
cha falta. Tengo un hijo y seis mujeres;
digo, una mujer y seis hijos...
— 35 —
DoL Ea! Pues ahora á acabar la velada alegre-
mente.
Akt. Alegríal ¡Alegría!...
Cat» Eso es, polkitas, polkitas... (ai público )
Ahora, á tocar y á bailar.
Ya tengo colocación.
¿Qué más puedo desear?
¡Si ustedes quisieran dar
un aplauso á Calderón! (orquwta. T«ión.)
FIN
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